martes, 28 de abril de 2026

Izquierda Unida tuvo una presencia organizada en Construcciones Aeronáuticas durante varios años.

 El 27 de abril se han cumplido cuarenta años de la creación de Izquierda Unida a nivel estatal, aunque dos años antes en 1984 se creó a iniciativa del Partido Comunista andaluz (PCA) Convocatoria por Andalucía, ésta formación política nació de las movilizaciones y fue impulsada por Julio Anguita con el objetivo de aglutinar varias fuerzas políticas de la izquierda alternativa al PSOE.

Después de la intensa y adversa campaña estatal contra la OTAN las organizaciones políticas y sociales comprendieron que era necesario encauzar organizadamente a toda la gente que participó en las movilizaciones por la paz. Aunque el resultado en el referéndum para la permanencia en la Alianza Atlántica resultó frustrante y a pesar de que se atravesaba una encrucijada de división y debilidad en el movimiento obrero y ciudadano por la crisis interna en el PCE y la disolución de los partidos que se reclamaban de la izquierda revolucionaria, la propuesta de Izquierda Unida sintonizaba con la amplia vanguardia que en los centros de trabajo los pueblos y los barrios reclamaban mayor unidad y confluencia de la izquierda transformadora.

Un acierto de I.U. en sus primeros años de desarrollo fue la creación de asambleas de afiliados -también llamados adscritos- en los centros de trabajo. Recuerdo que en las factorías de CASA en Sevilla -Tablada y San Pablo- realizamos asambleas, reparto de propaganda, abono de cuotas, etcétera para formalizar la militancia y decidir con votaciones algunas cuestiones importantes en la marcha orgánica de I.U. Las asambleas las realizábamos a la hora del bocadillo en la sala del Comité de Empresa.

Se materializó un mecanismo democrático muy importante para resolver las diferencias entre las diversas tendencias que se postulaban para los órganos de dirección y las candidaturas electorales. También en las campañas electorales se realizaban asambleas en las puertas de las fábricas con los dirigentes que encabezaban las listas de Izquierda Unida, estas asambleas eran masivas y así mismo la participación como interventores en los colegios electorales por parte de multitud de compañer@s aeronáuticos.

Consultando algunos de los listados de los adscritos en la Asamblea de CASA - Tablada se puede afirmar que entre 1987 y 1995 hubo cerca de un centenar de compañer@s que rellenaron su ficha de adscripción y pagaban la cuota correspondiente. Tuvimos que dar de baja en nuestros listados a compañer@s que eran reclamados para su inclusión en los listados de los pueblos donde residían y desempeñaban tareas políticas para la organización de actividades a nivel de las asambleas de sus respectivos pueblos.

Algunos compañeros llegaron a ser alcaldes y otros fueron concejales en su pueblo de residencia, estos compatibilizaban el trabajo en la fábrica con las tareas municipales. Hay que resaltar que estos compañeros realizaban la doble militancia con un alto nivel de compromiso con Izquierda Unida, otros también tuvimos un mayor grado de compromiso asumiendo trabajos en las áreas sectoriales, por ejemplo en mi caso particular en la década de los 90 fui coordinador provincial en el Área de Paz y Solidaridad. En dichas áreas se emprendían campañas específicas que requerían coordinación y actividades unitarias con otras formaciones políticas y sociales. 

En los listados de adscritos, otro dato a tener en cuenta es que casi todos los dirigentes de Comisiones Obreras formaban parte de Izquierda Unida. Muchos de ellos eran líderes obreros y algunos con trayectoria de creadores del sindicato en la clandestinidad que han pasado a ser referentes históricos por su dilatada lucha y por la represión franquista que han sufrido personalmente.














 

Por la referencia ejemplar como dirigentes de IU, público algunas fotos de dos de los dirigentes más significativos: Julio Anguita y Gerardo Iglesias. Porque ellos fueron los principales dirigentes en los primeros años y han dejado un legado de coherencia e integridad que perdurará para siempre.













 




Para más información sobre I.U. conectar con los siguientes enlaces:


https://izquierdaunida.org/


https://www.iuandalucia.org/


 

 

 

jueves, 2 de abril de 2026

Mujeres Pioneras de la Industria Aeronáutica Española

 Entre las charlas que frecuentemente organiza la Asociación Amigos del Museo de Getafe, el 26 de febrero de este año se celebró una interesante disertación con fotos y vídeos sobre: PIONERAS DE LA INDUSTRIA AERONAUTICA ESPAÑOLA. El Ponente Ángel Sánchez Serrano es Responsable de Patrimonio Histórico de Airbus España y fue trabajador de CASA-AIRBUS procedente de la Escuela de Aprendices de Getafe. La presentación de la Charla la hizo el Presidente de la Asociación Amigos del Museo de Getafe Ángel Fernández Serrano que ha realizado numerosas publicaciones sobre CASA, AIRBUS, la Aeronáutica y Getafe.

La actividad cultural se celebró en la Sala Ángel Del Río López.

 


En base a la muestra de fotos y vídeos breves se documentó sobre la evolución del trabajo de la mujer –en general- desde hace 125 años y, a su vez, en el campo de la Aeronáutica. Creo destacable unos datos de especial interés:

-En 1926 trabajaban en CASA Getafe 30 mujeres (el 10% de la plantilla).

-En 1930                                        100 mujeres (el 12,5% de la plantilla) 

-En 2026 el 30% de la plantilla de AIRBUS son mujeres.

También es destacable que durante la Guerra Civil, que la Factoría de Getafe fue trasladada a Cataluña, fueron las mujeres las que garantizaron la producción aeronáutica al servicio de la República.

 













                                        Video completo de la Charla










Existe un documento: <Las Aviadoras de Getafe> que refleja las vivencias en Cataluña de toda la plantilla y sus familias trasladadas para garantizar la producción aeronáutica. (A continuación se puede visualizar mediante el siguiente enlace).

https://cdn.website-editor.net/3aa2bdae9a454f6c9d253bad62ed663c/files/uploaded/Las%2520Aviadoras%2520de%2520Getafe%2520-%2520Borrador%2520Completo.3.pdf

 



lunes, 23 de marzo de 2026

Emotivo homenaje de Reparación y Reconocimiento a las mujeres de los presos políticos durante la dictadura franquista.

 Organizada por la Asociación MLCD, el día 21 de marzo se celebró en Camas una actividad de Reconocimiento a 15 mujeres que sufrieron en sus carnes y en sus familias la represión de la dictadura. Mujeres que representan a varias miles en todo el país y que desempeñaron un papel crucial en la defensa de los represaliados y en la lucha por la Amnistía general.

El salón de actos estuvo repleto de asistentes, en su mayoría familiares y amig@s de las homenajeadas.

 


Entre las 15 mujeres hay 6 que tienen una vinculación directa con compañeros de la Aeronáutica sevillana. En concreto:

-Carmen Ciria Ruiz es cónyuge de Eduardo Saborido Galán y madre de Eduardo Saborido Ciria.

-Leonor Mendoza Ventura fue cónyuge de Fernando Soto Martín (q.e.p.d.) y madre de Fernando Soto Mendoza.

-Josefa Morillo Fernández (q.e.p.d.) estuvo casada con Jaime Baena Abad.

-Reyes Ortega Páez está casada con Rafael Luque Ramírez.

-Pepi Medina González fue cónyuge de Antonio Benítez Berraquero.

-Luz María Rodríguez Luque está casada con Paco Acosta Orge que en su juventud fue alumno de la Escuela de Aprendices de La Hispano Aviación.

                               Audiovisual proyectado durante el Acto







El profesor Licenciado en Filosofía Juan Miguel Batalloso Navas que es vecino de Camas y un eterno luchador incombustible por el progreso de la Humanidad, después del acto escribió en su Blog (CRISIS) un texto con mucha profundidad humana cargado de la esperanza optimista que aportan las actividades que ayudan a construir primaveras colectivamente.

A continuación invito a conocer el texto a través del siguiente enlace: 

https://batalloso.com/todavia-es-posible-la-primavera/

Todavía es posible la primavera

Tmp. máx. lect.: 12 min.

Homenaje a las mujeres

             Hay un momento en el año en que la tierra parece recordar que está viva. No llega de golpe, sino de puntillas, como quien no quiere despertar demasiado pronto a quien duerme. Es un susurro primero: un rayo de luz que dura un poco más que el día anterior, una temperatura que ya no muerde, sino que apenas roza, un pájaro que canta desde una rama todavía desnuda como si supiera algo que nosotros aún no sabemos. Ese momento es el umbral de la primavera, y quienes lo sienten por primera vez cada año —aunque lo hayan sentido toda la vida— comprenden sin necesidad de palabras que algo muy profundo está cambiando en el mundo y, con él, en su interior.

             El invierno ha sido largo. No importa si ha sido suave o riguroso; siempre es largo en el alma. Los filósofos y los poetas han sabido siempre que el invierno no es sólo una estación climatológica sino una estación del espíritu, una de sus travesías más austeras y necesarias, pero también más exigentes.

             Pero hay inviernos que no son de nieve ni de lluvia ni de cielos encapotados. Hay inviernos que son de odio, de murallas levantadas entre los seres humanos, de palabras que hieren más que el viento frío de enero. Hay inviernos de polarización, en que los pueblos se dividen en dos bandos que ya no se miran como semejantes sino como enemigos, en que la diferencia de opinión se convierte en motivo de desprecio, en que el otro —el que piensa distinto, el que viene de otro lugar, el que ora a otro dios o no ora a ninguno— deja de ser un ser humano de carne y corazón para convertirse en una categoría abstracta, en un adversario, en una amenaza. Hay inviernos de guerra, en que la violencia más primitiva y más devastadora irrumpe en la historia y convierte ciudades en ruinas y familias en cenizas y sueños en escombros. Hay inviernos de indiferencia, quizás los más peligrosos de todos, esos en que nos hemos acostumbrado tanto al sufrimiento ajeno que ya no lo vemos, o lo vemos y miramos hacia otro lado porque hemos aprendido la terrible lección de que el dolor del otro no es asunto nuestro. Y hay, también, inviernos de silencio impuesto: los de las dictaduras, los del miedo organizado desde el poder, los de quienes fueron represaliados, encarcelados, torturados y asesinados por defender simplemente el derecho a pensar libremente y a vivir en dignidad. Para todos estos inviernos, para todos estos fríos del alma que ningún termómetro registra pero que todos hemos sentido en algún momento de nuestra vida y de nuestra historia, también hace falta una primavera.

             Por eso, cuando la primavera comienza a asomarse, ocurre algo que se parece mucho a una resurrección. No es metáfora gratuita: es una experiencia real, biológica y psicológica a la vez. El cuerpo lo percibe antes que la mente. Los ojos buscan más tiempo la luz del sol. Los pies apetecen la tierra. La piel quiere liberarse de capas y capas de ropa y respirar de nuevo el aire libre. Algo en el ser humano más primitivo y más verdadero reconoce el cambio y responde a él con una especie de júbilo que no se fabrica ni se fuerza, sino que simplemente emerge, como emergen las flores, desde adentro hacia afuera.

             Y así como los árboles guardan bajo la corteza oscura del invierno la savia que necesitan para florecer, también el amor humano guarda bajo capas de miedo, de costumbre y de herida su capacidad de abrirse y de darse. El amor es, de todos los sentimientos humanos, el que más se parece a la primavera. No porque sea siempre alegre ni siempre fácil, sino porque tiene esa misma propiedad asombrosa de emerger desde adentro hacia afuera, de transformar lo que toca, de llenar de color y de fragancia espacios que antes eran grises y sin vida. El amor no se construye sólo: necesita un clima, una temperatura, una luz adecuada para manifestarse. Necesita primavera. Necesita ese ambiente de confianza y de apertura, de calidez y de encuentro, en que el corazón puede bajar las defensas que el frío le obligó a levantar y volver a ser lo que es en su más profunda naturaleza: un órgano de conexión, de entrega, de reconocimiento del otro como alguien que vale infinitamente. Las grandes historias de amor de la humanidad, las reales y las que vivieron sólo en la imaginación de los poetas, ocurren siempre en primavera o en algo que se le parece: en ese momento de apertura en que dos seres humanos se ven de verdad, sin las armaduras del invierno, y se reconocen.

             Por eso necesitamos primaveras. No sólo la que el calendario anuncia cada año con puntualidad astronómica, sino las primaveras que tenemos que construir entre nosotros, las que no vienen solas sino que exigen de nosotros un trabajo de jardineros pacientes y valientes. Necesitamos primaveras del diálogo, en que las palabras dejen de ser proyectiles y vuelvan a ser puentes. Necesitamos primaveras de la escucha, en que seamos capaces de oír al otro no para refutarlo sino para comprenderlo, de dejar que su realidad nos afecte de verdad, de descubrir en su diferencia no una amenaza sino una oportunidad de crecer más allá de nuestros propios límites. Necesitamos primaveras de la empatía, esa capacidad extraordinaria y frágil de ponerse en el lugar del otro, de habitarlo por un instante con la imaginación y el corazón, de sentir algo de lo que él siente y dejar que ese sentimiento nos cambie.

             Y a veces la primavera no llega sólo del cielo o de los árboles. A veces llega del encuentro con un amigo. A veces llega de una tarde en que dos personas a las que la vida separó en el tiempo, pero nunca en el espíritu se vuelven a encontrar, se miran a los ojos y reconocen en el otro algo que el paso de los años no ha podido borrar: esa llama de quienes eligieron, en un momento difícil de la historia, ponerse del lado de la dignidad y de la libertad. Así ocurrió el 21 de marzo de 2026, primer día de esta primavera que nace, en Camas, ese pueblo sevillano que tiene la costumbre hermosa de no olvidar. Ese día, Roberto y Jesús —viejos amigos, compañeros de lucha y de compromiso por la democracia y los valores democráticos— nos reencontramos en un acto que era mucho más que un acto: era una primavera del recuerdo, una primavera de la justicia, una primavera de esas que no trae el sol, sino que construyen los seres humanos cuando deciden que la verdad merece ser dicha en voz alta y que quienes sufrieron merecen ser mirados con gratitud y con honor.

             En ese día de 2026, primer día de esta primavera que nace, en Camas, la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática”, con el apoyo y la cooperación del Ayuntamiento, celebró un Homenaje de Reconocimiento a las compañeras, a las mujeres, a las esposas de los represaliados políticos, de los encarcelados, de los torturados, de los asesinados por la dictadura franquista. A las que siempre son olvidadas. A las que sostuvieron todo cuando todo se derrumbaba. A las que criaron a los hijos con el miedo en el cuerpo y la dignidad intacta. A las que esperaron en las puertas de las prisiones con un paquete de comida y una esperanza que no tenían derecho a tener pero que se negaban a soltar. Nombrarlas, reconocerlas, honrarlas públicamente es ya en sí mismo un acto de primavera: la primavera de la justicia que llegó tarde, pero llegó, la primavera de una verdad que esperó demasiado tiempo pero que finalmente encontró el espacio que merecía.

             Contra todos esos inviernos de odio, guerra, genocidio y destrucción. Contra esta crisis civilizatoria que amenaza lo más esencial de nuestra humanidad compartida, actos como el celebrado en Camas, son mucho más que un homenaje: son una declaración de principios, una afirmación de que hay valores que no se negocian, una demostración de que la memoria no es nostalgia sino justicia viva. La verdad, la justicia, la reparación, la no repetición y la reconciliación auténtica no son palabras de un programa político: son semillas de primavera, las condiciones sin las cuales ninguna sociedad puede florecer de verdad. Porque una sociedad que no ha hecho las paces con su pasado, que no ha nombrado lo que ocurrió, que no ha reparado a quienes fueron dañados, lleva dentro una herida sin curar, un frío interior que ninguna celebración superficial logra calentar del todo.

             El Grupo de Camas de la Asociación “Memoria, Libertad y Cultura Democrática” existe desde 2011 y es, en sí mismo, un ejemplo vivo de lo que la primavera puede significar en términos humanos y colectivos. En él confluyen, convergen, conviven, colaboran y cooperan personas que estuvieron fuertemente comprometidas con la lucha por las libertades democráticas y contra el franquismo, junto a personas de las jóvenes generaciones que desde sus cargos como representantes municipales electos han sabido captar y hacer propio ese mensaje de verdad, justicia y reconciliación. Esa confluencia entre quienes pusieron el cuerpo en los momentos más difíciles y quienes reciben el legado y lo honran desde sus responsabilidades públicas es una primavera en sí misma: la primavera del compromiso democrático transmitido de mano en mano como una antorcha que nadie quiere que se apague. Y el Ayuntamiento de Camas, al apoyar y cooperar en este y muchos otros homenajes, hizo algo que los poderes públicos deberían hacer siempre y no siempre hacen: ponerse del lado de la memoria, de la dignidad y de la justicia histórica, reconociendo que la democracia no es sólo un sistema de gobierno sino una cultura que hay que cultivar, proteger y transmitir con el mismo cuidado con que se cuida un jardín que costó mucho plantar.

             Y en ese jardín, las raíces más profundas y esenciales tienen nombre de mujer. Ernesto Sabato escribió que únicamente nos salvamos por las mujeres. Es una frase que, cuanto más se piensa, más verdad contiene. Porque si hay algo que la historia confirma, aunque no siempre lo cuente con la misma elocuencia con que cuenta las guerras y los imperios, es que en los momentos en que la humanidad estuvo al borde del derrumbe, fueron las mujeres quienes sostuvieron el tejido de la vida: las que cuidaron a los heridos, las que alimentaron a los hijos en los tiempos de escasez, las que guardaron la memoria cuando el poder quería borrarla, las que sembraron sin garantía de cosecha porque sabían que si ellas no lo hacían, nadie lo haría. Las mujeres homenajeadas en Camas son exactamente eso: raíces que alimentaron un mundo mejor, raíces que hicieron posible que la democracia floreciera porque ellas, en los años más oscuros del invierno franquista, se negaron a dejar que la semilla muriera. No con grandes gestos históricos sino con la paciencia cotidiana del cuidado, con la dignidad silenciosa de quien sabe que lo que defiende merece ser defendido, aunque nadie lo reconozca todavía.

             Por eso el futuro, o es feminista o no será. No porque el feminismo sea una ideología entre otras, sino porque la única salida de los inviernos que amenazan nuestra civilización pasa necesariamente por incorporar al proyecto común aquello que la cultura patriarcal sistemáticamente devaluó: el cuidado, la empatía, la cooperación, la atención a la vida concreta y vulnerable, el rechazo de la lógica del dominio y de la destrucción. Un mundo que aprenda a cuidar será un mundo más parecido a la primavera que cualquier modelo que siga midiendo el éxito en términos de poder y de acumulación. Las flores que abren, la tierra que fecunda, el agua que nutre: todo lo que en la naturaleza produce y sostiene la vida tiene ese carácter generoso e incansablemente fértil que las culturas más antiguas atribuyeron a lo femenino no para limitarlo sino para honrarlo. Y honrar a las mujeres que sostuvieron la resistencia democrática en los tiempos más oscuros es, también, un acto feminista: el acto de devolver a la historia lo que la historia les debe.

             La compasión y la misericordia son flores de primavera. La memoria honrada es una flor de primavera. La fraternidad entre generaciones es una flor de primavera. Y cuando una asociación, un ayuntamiento y una comunidad se unen para decir en voz alta que las mujeres olvidadas no estaban olvidadas del todo, que su sacrificio tenía testigos, aunque tardaran en hablar, que su historia forma parte de la historia común y que nadie tiene derecho a borrarla: en ese momento está naciendo una primavera. No, la que anuncia el calendario con puntualidad astronómica, sino la que elegimos construir juntos, gesto a gesto, con la terquedad amorosa de quienes han decidido que prefieren florecer a helarse, que prefieren el encuentro a la trinchera, que prefieren la esperanza —esa locura hermosa y necesaria— a la resignación que se disfraza de realismo.

             Hoy, en Camas, mientras los naranjos de nuestra tierra perfuman el aire y la luz dura ya un poco más que ayer, algo floreció que no estaba en el pronóstico meteorológico pero que era más necesario que cualquier cambio de temperatura: la memoria honrada, la gratitud dicha en voz alta, el compromiso renovado entre quienes lucharon y quienes heredaron esa lucha. Eso también es primavera. Eso, quizás, es la primavera más importante de todas. Y las primaveras, cuando empiezan, tienen una costumbre hermosa e irresistible: la de extenderse.